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«Dejad que vea si mi pie entra en ella»
A veces, parece acertado definir el paso a la edad adulta como una sucesión de mitos despatarrados: narraciones maravillosas que asimilamos en la infancia y cuya falsedad se nos hace evidente con los años. Descubrimos, por ejemplo, que (¡atención, niños!) son las macetas del salón y no los camellos de los Reyes Magos las que se beben el agua que dejamos junto a la chimenea en la víspera la Epifanía, que los ratones no tienen el más mínimo interés por nuestros dientes de leche, que el príncipe encantador nunca llegará montado en su blanco corcel (es más, parece que la realeza sale un poco rana últimamente) y que la Luna…



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