«Dejad que vea si mi pie entra en ella»

A veces, parece acertado definir el paso a la edad adulta como una sucesión de mitos despatarrados: narraciones maravillosas que asimilamos en la infancia y cuya falsedad se nos hace evidente con los años. Descubrimos, por ejemplo, que (¡atención, niños!) son las macetas del salón y no los camellos de los Reyes Magos las que se beben el agua que dejamos junto a la chimenea en la víspera la Epifanía, que los ratones no tienen el más mínimo interés por nuestros dientes de leche, que el príncipe encantador nunca llegará montado en su blanco corcel (es más, parece que la realeza sale un poco rana últimamente) y que la Luna en realidad no nos acompaña a casa por las noches.

También hay mitos más pequeños, sutiles y personales que estos. En mi caso, uno de ellos fue el de las zapatillas de cristal de la Cenicienta. La protagonista de este cuento inmortal recibe por gracia del Hada Madrina «vestidos de oro y seda recamados de pedrería (…) [y] unas chinelas de cristal, las más lindas que humanos ojos hayan visto».* Como podéis imaginar, mis pequeños ojos humanos se extasiaban ante la imaginaria belleza de tales zapatos: ¡qué prodigios debía obrar la buena magia del hada para que la Cenicienta bailara hasta la medianoche en ellos, y para que incluso fuera capaz de correr!

 

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Zapato de tacón, 1961.
Diseñado por Roger Vivier.
Cuero, seda, vidrio, plástico, metal e hilo metálico, longitud: 24,8 cm.
Donación de Valerian Stux-Rybar, 1980.
The Costume Institute, The Metropolitan Museum of Art, Nueva York.

 

Por desgracia, mi gozo se cayó a un pozo profundo hace ya unos cuantos años, cuando empecé a estudiar francés —esa arte diabólica que es— y me dijeron que el cristal era probablemente resultado de un equívoco entre los homófonos verre (‘cristal’) y vair (‘cuero de un tipo de ardilla’) del bueno de Perrault allá por el siglo XVII. Así pues, los zapatos que llevaba Cenicienta debían ser de piel curtida más bien mate y cenicienta, como su portadora y como mi espíritu después de tamaña desilusión. (Lástima que Disney hiciera archifamosa la versión francesa y no la de los zapatos bordados de plata y seda de los hermanos Grimm).

 

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John Everett Millais, Cenicienta, 1881.
Lord Lloyd Webber Collection.

 

No obstante, en el fondo tiene más sentido que Cenicienta llevara unos zapatos poco lustrosos, ya que el Príncipe debía enamorarse de su alma pura y su buen corazón, y no de una vestimenta caduca… aunque algo me dice que esta conclusión probablemente sea fruto del razonamiento que los adultos utilizan para suplir el desencanto. En el mundo real no hay chinelas de cristal, chapines colorados, zapatillas rojas ni botas de siete leguas, pero encontramos zapatos vanidosos, arrogantes y llenos de personalidad —manoletinas o merceditas, bailarinas, mocasines, botines, zapatos Oxford, bambas o playeras, plataformas, cuñas, deportivas, sandalias…—. Nos ponemos (o se nos ponen) zapatos por motivos puramente estilísticos, por comodidad, para aliviar el dolor, para ser el foco de las miradas, para que nadie dude de la clase a la que pertenecemos, para ir a la iglesia en domingo, para calzarnos menesteres que nos vienen grandes, para correr maratones, para subir montañas, para soportar largas jornadas de trabajo sin tiempo para sentarnos, para bailar un tango al vaivén de otro… Y así ha venido siendo desde el primer ser humano se atara un trozo de cuero al pie.

En palabras de aquel niño adulto, «Mamá decía que puedes saber mucho de las personas por los zapatos que usan»; y así es como nos presenta el The Costume Institute del MET su colección permanente de 5.000 zapatos de todo el mundo y todas las épocas (desde el siglo XIV hasta la actualidad, y aun anteriores a través de las representaciones artísticas). Y si eres una Gabriela que a menudo pierde un zapato y prefieres quedarte en casa para no arriesgar, no dejes de aprenderlo todo sobre estas obras de arte para los pies con Zapatos, de Klaus Carl.

*Traducción de Teodoro Baró de los Cuentos de Hadas de Charles Perrault (Barcelona: Librería de Juan y Antonio Bastinos, 1883).