Una acción discutible

Todo empezó una mañana del 8 de julio de 1853. El comodoro Matthew Calbraith Perry a bordo del USS Susquehanna llegó a las costas de Japón, al puerto de Edo (actual Tokio), con la intención de negociar un tratado comercial con EE.UU. Sus demandas eran la apertura de al menos un puerto al comercio extranjero y la seguridad de que las propiedades y pescadores americanos serían respetados. Al verse opuesto por una negativa amenazó con emplear la muy superior fuerza armamentística de que disponía. Ante semejante disparidad, los gobernantes japoneses no tuvieron otra opción que ceder. El tratado se firmó el 31 de marzo de 1854. Este singular evento tuvo drásticas consecuencias para la sociedad japonesa. Al principio, los shogunes, los daimyos y los samuráis ―comandantes en jefe, grandes lores y guerreros que ostentaban el poder real tras el emperador figurante― se resistieron e intentaron conservar el orden feudal existente. Se sucedieron años de numerosas refriegas hasta que en 1868, el que se conoce como el último samurái, Saigō Takamori, sucumbió a las fuerzas del general Tateki en una dura batalla que frustró todo futuro levantamiento al demostrar la superioridad de las armas modernas frente a la tradición.

Derrotados los samuráis y sus privilegios, comenzó una nueva era, conocida como la Restauración de Meiji. Esta supuso la apertura de Japón a occidente en forma de intercambios comerciales y culturales. Lo que siguió a esta apertura fue que el arte japonés se dio a conocer en Europa, principalmente en forma de impresiones xilográficas de los maestros del ukiyo-e ―nada que ver con electrónico, pues significa «imágenes del mundo flotante»― que pudieron verse por primera vez en la Exposición Universal de Londres en 1862, donde fueron una de las principales atracciones. Posteriormente, en la Exposición Universal de París de 1867, este arte se dio a conocer entre los artistas franceses quienes rápidamente lo absorbieron y se empezaron a servir de sus características para sus nuevas creaciones. Lo que les atraía de este nuevo arte eran sus figuras alargadas, las composiciones asimétricas, la perspectiva aérea, los espacios vacíos excepto por abstracciones de color y línea, y su interés por los singulares motivos decorativos. De esta manera, empezando por los impresionistas y llegando hasta los cubistas, muchos fueron los autores que se apoyaron en estos nuevos elementos para romper con las convenciones academicistas que consideraban opresoras.

 

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Claude Monet, Alameda en el río Epte, 1891.
Óleo sobre lienzo, 100 x 65 cm.
Colección privada.

 

Quien no dudó en abrazar este nuevo estilo para conseguir variados efectos en su pintura fue Vincent van Gogh, pues llegó incluso a realizar copias de algunas estampas de Hiroshige con la intención de estudiar a fondo su atrevida temática, sus colores intensos y la elegancia y sencillez de sus seguras líneas. En algunos trabajos posteriores de van Gogh se puede todavía apreciar esta influencia permanente en los contornos negros, el contraste de colores y las composiciones recortadas, características estas propias de los grabados japoneses.

Utagawa Hiroshige es el artista de ukiyo-e más reconocido en Japón y menos reconocido en el mundo occidental. Aunque La gran ola de Kanagawa, de Katsushika Hokusai, es el ejemplo de estampa más repetido y en occidente todos le tienen por el mejor artista, en la lejana isla oriental este desconocimiento del que ellos consideran el gran maestro de la xilografía les hace sonreír. Para subsanarlo, la Pinacoteca de París presentó recientemente una exposición doble, L’art du voyage, en la que confrontaba la obra de de Vincent van Gogh a la de este genial artista, su principal inspiración.  El título de la muestra hace referencia no sólo a los viajes de Hiroshige desde Edo a Kioto, donde produjo una cincuentena de estampas, sino también al viaje interior que propone al observar la naturaleza en sus cuatro estaciones, contemplar el pasar del tiempo y examinar la vida de la ciudad como exceso de sensaciones que esta ofrece al cuerpo. Un lujo que fue descubierto en Europa en el siglo XIX y que ahora añadimos nosotros a nuestra colección.

 

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Utagawa Hiroshige, En los predios del santuario Akiba en Ukeji. Ukeji Akiba-no keidai, agosto de 1857.
Grabado en madera y color, 36 x 24 cm.
Museo de Arte de Brooklyn, Nueva York.

 

Pocas veces una expedición con intenciones tan mundanas y egoístas resultó en un beneficio tan extenso y renovador. Si no hubiera sido por el comodoro Calbraith, o más bien por el afán expansionista estadounidense, no sabemos cuándo hubiéramos tardado en poder disfrutar de este lindo hallazgo que sirvió a tantos artistas para renovar el orden pictórico establecido. Por una vez, agradezcamos las buenas consecuencias de una discutible acción que no hizo, nada más y menos, sino abrir las puertas a la modernidad.

En Parkstone tenemos los libros de Mikhail Uspensky y Edmond de Goncourt, Hiroshige y Ukiyo-e (en francés) respectivamente, que te servirán de iniciación para este viaje de fantasía y tradición que nos proponía la Pinacoteca de París.