Hace cien años

Aunque a veces nos encontremos con alguna que otra lechuga vestida de frac, los seres humanos somos seres vivos, es decir, nacemos, crecemos, nos reproducimos y morimos, según nos enseñan entre suma y suma. Así, el ciclo vital de una persona, de cada uno de nosotros, se cumple desde el nacimiento hasta la muerte; no obstante, si algo nos caracteriza con respecto a otros seres vivientes es que, además de la memoria genética (y quizá la transferencia de información cultural de la memética), compartimos una memoria histórica colectiva que nos permite recordar a otros humanos que nacieron, crecieron, tal vez se reprodujeron y murieron antes que nosotros. Sobre todo aquellos que fueron simplemente excepcionales. Gracias a este registro de excepcionalidades y para evitar que caigan en la vulgaridad del olvido, tenemos esa maravillosa invención llamada «centenario».

Los centenarios siempre me producen escalofríos, porque cien años está justamente en el límite de lo que puede llegar a medir la vida de un ser humano y, precisamente por eso, resultan más estremecedores que ninguna otra conmemoración. Pensar que hace tan sólo un siglo artistas como Picasso, Schiele, Munch, Kirchner o los «jinetes azules» se paseaban por los nuevos bulevares europeos y hacían su revolución me estremece desde el meñique hasta la raíz del pelo. Sus retratos, sus fotografías, sus escritos, su legado artístico… todo ello nos habla de una época en la que los esfuerzos se concentraban en buscar otras formas de ver y representar la realidad; formas independientes e innovadoras que a su vez han conformado el mundo en el que, un centenar de años más tarde, vivimos.

 

Ernst Ludwig Kirchner, Una artista (Marcella), 1910.
Óleo sobre lienzo, 101 x 76 cm.
Brücke-Museum, Berlín.

 

Pablo Picasso, Le Gourmet, 1901.
Óleo sobre lienzo, 92,8 x 68,3 cm.
National Gallery of Art, Washington D.C.

 

En 1912, Colonia acogió la que con toda probabilidad fue la muestra de arte moderno más importante hasta la fecha: la exposición Sonderbund. Los privilegiados asistentes pudieron contemplar la friolera de 577 lienzos y 57 esculturas de los representantes de las vanguardias artísticas europeas, desde el posimpresionismo al expresionismo alemán, el cubismo o los orígenes del arte abstracto. Las imágenes de las salas repletas de obras que ahora se encuentran desperdigadas por el mundo son realmente abrumadoras. Con el mismo espíritu, el Wallraf-Richartz Museum lleva años trabajando en la retrospectiva «1912 – Mission Moderne» que reconstruye los objetivos y las prioridades de la exposición original con ocasión de su centenario. Hasta el 30 de diciembre de este año, tienes la oportunidad de disfrutar de más de cien de las obras que se expusieron en 1912: apenas una degustación, pero suficientes para saborear la perturbación que aquellos artistas ocasionaron sobre las sensibilidades estéticas del siglo XIX.

Si no puedes aceptar esta invitación al trastorno y a la reflexión por cualquier motivo, lo mínimo que deberías hacer, como ser que nace y crece y que, en tanto se plantea si debería reproducirse o no, puede sacar provecho del patrimonio cultural, es dejarte conmover por las obras de Cézanne, Gauguin, Kirchner, Munch, Picasso, Schiele y van Gogh, aunque sea en formato digital.

 

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